Es un nuevo día. La capital llora y se estresa cada segundo que pasa…
Un santiaguino se levanta con su rutina diaria, sin pensarlo prende la TV diciéndose a si mismo: “Algo que haga ruido…”. Entra a la ducha semi-dormido y no presta mucha atención a su cuerpo desgastado de tanto andar en micro y respirar aire impuro. Se siente aliviado. El vapor de agua aun refresca su piel y disfruta la única pequeña brisa refrescante del día. No se cuestiona que le falta antes de irse... ya tiene una técnica implacable que no le permite dejar nada en su casa. Sin titubear sube al ascensor y no le da el cosquilleo inocente de la primera vez que se subió a uno de ellos cuando era niño. Llega al primer piso y el ruido de las miles de voces y motores se hacen evidentes. La ciudad llama: “intégrate a la fabrica”. Se sube al metro... hace ya varios años atrás que dejo de decir : “Que maravilla de transporte”… en su lugar, lo cambio por una mirada perdida y a veces apagada por el sueño. Por los parlantes escucha: “Estación Baquedano, lugar de combinación con línea 5” y sin ni siquiera esforzarse por salir del vagón, una masa incontrolable lo empuja hacia afuera. “Aun tengo tiempo para llegar”... Conciente de ello no controla caminar tan rápido y hacerse de un lugar en el siguiente metro para llegar a su destino. Una ráfaga gélida lo arrasa al traspasar la puerta de su trabajo... es aire acondicionado. Empieza su jornada que no para hasta la hora de almuerzo. Dejó de comer en su propia casa, aquella vanidad por la que se esfuerza tanto, queda lejos de su ubicación actual y se conforma con un plato recalentado o comida chatarra. Vuelve a su rutina después de alimentarse y se retira a las 7. Baja corriendo hacia los túneles y compra rápidamente el ticket que lo enviara a casa. Se da cuenta que no esta solo… en la mañana tenia mucho sueño para ver el rostro de los demás, que al igual que el, lloraban por el ritmo de vida que habían escogido para si mismos... intenta dormir un poco sin descansar, arriba de esa maquina forrada en publicidad. “Estoy solo a dos cuadras… necesito algo para la once”. Se sube nuevamente al ascensor con espejos y no es capaz de ver su propio rostro demacrado por su actividad diaria. Llega a su casa y ya son las 9 de la noche, no se dio cuenta como paso la hora y ya esta apurado por irse a la cama. No recuerda que contrato TV cable e Internet para distraerse, un lindo apartamento con vista a la cuenca mas habitada de su país. Si mirara con detención, se daría cuenta de como esa enorme capital se queja de cansada, llora de impotencia y grita por ayuda ante la indiferencia de un montón de hormigas sordas, que mañana se levantaran para hacer lo mismo que ayer y paradójicamente decirse a si mismos: “…mañana será otro día…”.
Sonríe Santiago de Chile.
enero 16, 2006
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